El hombre que había desaparecido cuando su hijo tenía cuatro años iba a regresar justo cuando ese hijo estaba a punto de vivir uno de los momentos más importantes de su vida.
Me pregunté si debía ir.
Por primera vez desde que Mason me llamó papá aquella mañana de waffles, no sabía cuál era la respuesta correcta.
A las seis de la mañana me levanté, preparé café y encontré su uniforme deportivo colgado junto a la puerta.
Lo había lavado la noche anterior.
También había revisado que sus tachones estuvieran en la mochila, que llevara agua y que no olvidara la cinta que siempre usaba en la muñeca izquierda.
Era una rutina que había repetido tantas veces que podía hacerla medio dormido.
Pero esa mañana cada objeto parecía recordarme algo.
La primera mochila de dinosaurios.
El primer par de zapatos de futbol.
La férula del brazo que guardamos después de aquel accidente en secundaria.
Las fotos escolares pegadas durante años en el refrigerador.
Los recibos de las cuotas deportivas que yo había pagado cuando apenas me alcanzaba para mantener el departamento.
No eran pruebas de que yo fuera su padre.
Eran simplemente recuerdos de haber estado ahí.
Y eso era precisamente lo que me dolía.
David podía aparecer después de catorce años con una empresa exitosa, una casa grande y una vida que Mason apenas estaba empezando a conocer.
Yo tenía un taller, una espalda que ya se quejaba después de un día largo y una cuenta bancaria que nunca parecía crecer demasiado.
Pero había estado.
Cuando Mason tuvo fiebre, estuve.
Cuando perdió su primer partido importante, estuve.
Cuando se rompió el brazo, estuve.
Cuando recibió aquel reconocimiento en secundaria y buscó entre las gradas hasta encontrarme, estuve.
Cuando necesitó que alguien le explicara por qué su mamá no iba a volver, estuve.