No necesitaba que nadie me dijera lo que mis propios ojos estaban viendo.
Adrian estaba protegiéndola.
Incluso después de que yo había sido quien le había salvado la vida.
Esa tarde regresé sola a la propiedad.
No porque quisiera alejarme de él.
Sino porque necesitaba ver el lugar sin que Adrian pudiera controlar lo que yo preguntaba.
La alberca estaba limpia.
Demasiado limpia.
Las piedras alrededor ya no tenían marcas del caos de la noche anterior.
Pero había algo que seguía igual.
El punto exacto donde lo encontré.
Me arrodillé junto al borde.
Intenté reconstruir cada segundo.
El grito.
El golpe.
El cuerpo de Adrian bajo el agua.
La voz de Camila.
“Él se acercó.”
No “se cayó”.
No “lo vi resbalar”.
Él se acercó.
Saqué mi teléfono y abrí la hora de la llamada a emergencias.
Después revisé la hora que Adrian había dado.
Luego la de Camila.
La diferencia seguía ahí.
Pequeña.
Pero real.
Entonces escuché pasos detrás de mí.
Era Camila.
No me levanté.
—Pensé que ibas a irte.
Su voz sonó baja.
—¿Eso querías?
Tardó en responder.
—No.
Me giré.
—Entonces dime la verdad.
Camila apretó las manos.
—No puedo.
—¿Porque no sabes?
Negó con la cabeza.
—Porque no sé qué va a pasar si la digo.
Esa respuesta cambió todo.
No porque resolviera mis dudas.