La mañana siguiente, cuando salimos del hospital, Adrian actuó como si la noche anterior hubiera sido un inconveniente más que una ruptura.
En el estacionamiento, ajustó sus lentes oscuros y tomó las llaves del auto que un empleado había llevado.
—Vamos a casa.
No preguntó si yo quería.
No preguntó cómo estaba.
Solo dio una orden.
Como siempre.
Pero esta vez no caminé detrás de él.
—No.
Se detuvo.
—¿No?
—No voy a volver a casa hasta entender qué pasó.
Adrian soltó aire por la nariz.
—Elena, estás cansada.
—No. Estoy despierta.
Sus ojos cambiaron.
Muy poco.
Pero cambió.
Porque por primera vez no estaba frente a la mujer que aceptaba sus explicaciones.
Estaba frente a alguien que estaba tomando decisiones.
—¿Qué quieres hacer entonces?
La pregunta parecía una invitación.
Pero conocía ese tono.
Era una prueba.
Quería ver si yo realmente iba a mantenerme firme.
—Quiero revisar lo que ocurrió anoche.
Adrian sonrió sin humor.
—¿Revisar?
—Sí.
—¿Con qué autoridad?
Esa pregunta me dolió más que cualquier insulto.
Porque me recordó cuántas veces había olvidado que yo también tenía derecho a exigir respuestas.
—Con la autoridad de haber sido la persona que te sacó del agua.
Por primera vez, Adrian no tuvo una respuesta inmediata.
Entonces apareció Camila.
Venía hacia nosotros con la misma ropa de la noche anterior, pero sin el vestido dorado. Ahora parecía más pequeña.
Más insegura.
—Adrian…
Él se giró hacia ella.
Y ahí ocurrió algo que no esperaba.
No fue culpa.
No fue vergüenza.
Fue preocupación.
Una preocupación que no había tenido conmigo.
—¿Estás bien?
Camila asintió.
Yo observé la escena.
No necesitaba una confesión.