MI JEFE ME LLEVÓ A UNA GALA PARA CONSEGUIR INVERSORES… Y TERMINÓ VIÉNDOME SUBIR AL AUTO DEL HOMBRE MÁS PODEROSO DE LA NOCHE

PARTE 2

MI JEFE CREYÓ QUE YO ERA LA MUJER SECRETA DE UN MULTIMILLONARIO

Durante todo el camino a casa permanecí en silencio.

Ethan, en cambio, parecía inexplicablemente satisfecho.

—¿Por qué tienes esa cara?

—¿Qué cara?

—Esa de “acabo de provocar un incendio y estoy orgulloso”.

Mi hermano sonrió mientras revisaba mensajes en su teléfono.

—No provoqué nada. Solo le recordé a tu jefe que tiene límites.

—¡Le dijiste que nuestra relación no era asunto suyo!

—¿Y no es verdad?

—¡Ethan!

—Maya.

Usó exactamente el mismo tono que utilizaba desde que yo tenía diez años y quería convencerlo de que dejarme salir sola después de medianoche era una excelente idea.

Me quité su saco y se lo lancé.

—Mañana tengo que enfrentar a Adrian gracias a ti.

—Puedes renunciar.

—No quiero renunciar.

—Entonces compra la empresa.

Lo miré.

—¿Perdón?

Ethan levantó la vista con total tranquilidad.

—Si te gusta tanto trabajar allí, puedo comprar Foster & Co. y dártela.

Me llevé una mano a la frente.

Ese era precisamente el problema de haber crecido en mi familia.

Para ellos, cualquier dificultad podía resolverse con una transferencia bancaria.

Yo había empezado a trabajar fuera del imperio Cole porque quería descubrir quién era sin mi apellido.

Quería equivocarme.

Aprender.

Tener un jefe que me corrigiera.

Ganar mi propio sueldo.

Y, sobre todo, demostrarme que podía construir algo sin que todo el mundo inclinara la cabeza al escuchar mi nombre.

—No quiero que compres nada.

—La compañía tiene problemas graves.

—Lo sé.

—Foster está desesperado.

—También lo sé.

Ethan guardó el teléfono.

—Entonces deberías saber que la desesperación vuelve peligrosas a las personas.

Me reí.

—Adrian no es peligroso.

Mi hermano me miró fijamente.

—¿Te gusta?

La pregunta cayó como una piedra.

—¿Qué?

—Te pregunté si te gusta.

—Es mi jefe.

—Eso no responde la pregunta.

Me volví hacia la ventana.

Las luces de la ciudad corrían detrás del cristal.

—Buenas noches, Ethan.

—Todavía no llegamos.

—Estoy terminando la conversación.

Lo escuché reír.

Pero no insistió.

Y eso, viniendo de mi hermano, era todavía peor.

Porque significaba que ya había sacado sus propias conclusiones.


A la mañana siguiente llegué a la oficina veinte minutos antes.

Adrian ya estaba allí.

No solo estaba allí.

Estaba sentado detrás de su escritorio con dos cafés intactos delante de él.

Uno negro.

El otro con leche de avena y una cucharada de vainilla.

El mío.

Me detuve en la puerta.

—Buenos días.

—Cierra.

Obedecí.

Adrian vestía una camisa blanca impecable, pero tenía las mangas arremangadas y ojeras bajo los ojos.

Parecía no haber dormido.

—Siéntate.

Lo hice.

Entre nosotros había un silencio insoportable.

Finalmente, empujó mi café hacia mí.

—¿Cuánto tiempo?

—¿Cuánto tiempo qué?

Su mandíbula se tensó.

—¿Cuánto tiempo llevas con Ethan Cole?

Tardé varios segundos en procesar la pregunta.

Y entonces lo entendí.

No pensaba que Ethan fuera un amigo.

Ni siquiera un conocido.

Mi jefe creía que yo era la amante secreta de mi propio hermano.

Tuve que morderme el interior de la mejilla para no reír.

—Señor Foster…

—Fuera de esta oficina puedes llamarme Adrian.

Aquello me sorprendió.

Había trabajado con él durante nueve meses y jamás me había pedido eso.

—Adrian, estás entendiendo mal.

—Entonces ayúdame a entenderlo bien.

Me observaba con una intensidad incómoda.

—Anoche el hombre prácticamente más inaccesible del evento te reconoció desde el otro extremo del salón. Despidió a todas las personas que estaban hablando con él en cuanto te vio. Te prestó su saco sin preguntarte. Sabía que te enfermas con el frío. Después subiste a su auto.

Hizo una pausa.

—Y cuando pregunté qué relación tenían, me respondió como si yo estuviera cruzando una línea.

Bueno.

Expuesto así, sonaba bastante mal.

—No tenemos la relación que imaginas.

—¿Cuál imagino?

Levanté la cabeza.

—No voy a describírtela.

Por primera vez, Adrian pareció avergonzado.

Apartó la mirada.

—No es asunto mío.

—Exactamente.

—Pero sí lo es si afecta a la empresa.

Ah.

Allí estaba el jefe otra vez.

—No afecta a la empresa.

—Ethan Cole aceptó revisar nuestra propuesta después de hablar contigo menos de cinco minutos.

—Tal vez le gustó el proyecto.

Adrian soltó una risa sin humor.

—Maya. Llevo tres años intentando conseguir una reunión con fondos mucho menos importantes que Cole Capital.

No respondí.

—Quiero saber una sola cosa —continuó—. ¿Aceptó escucharnos por el proyecto… o por ti?

Esa pregunta sí me dolió.

—¿Crees que no hicimos un buen trabajo?

—No dije eso.

—Lo estás diciendo.

Me puse de pie.

—Llevamos semanas preparando esas cifras. Revisé contratos hasta las dos de la mañana. Hicimos proyecciones, estudios de mercado, análisis de riesgo. Si Ethan decide invertir, no será porque me puse un vestido bonito.

Adrian también se levantó.

—No quise decir eso.

—Entonces no lo digas.

Nos quedamos frente a frente.

Su expresión se suavizó.

—Maya…

—¿Qué?

—No dormí bien.

Parpadeé.

No esperaba aquello.

—Eso tampoco es culpa mía.

—Probablemente sí.

El corazón me dio un golpe absurdo.

—¿Qué significa eso?

Adrian guardó silencio.

El teléfono de su escritorio comenzó a sonar.

Ninguno de los dos se movió.

Volvió a sonar.

Finalmente atendió.

—Foster.

Su expresión cambió.

—Sí.

Me miró.

—Entiendo.

Silencio.

—Esta tarde estaremos allí.

Colgó.

—¿Qué pasó?

Adrian todavía parecía no creerlo.

—Cole Capital quiere una presentación formal.

Mi enfado desapareció.

—¿En serio?

—A las tres.

Sonreí sin poder evitarlo.

—Te dije que le interesaría.

Adrian me observó durante unos segundos.

—Sí.

—¿Qué?

—Nada.

—Adrian.

—Solo estoy intentando decidir si sentirme feliz porque salvaremos la empresa o preocupado porque el hombre que puede salvarla parece demasiado interesado en mi secretaria.

—Otra vez con eso.

—Estoy trabajando en ello.


A las dos y media entramos en la sede de Cole Capital.

Yo había estado allí cientos de veces.

Solo que normalmente entraba por el estacionamiento privado.

Aquella vez lo hice por la recepción como cualquier visitante.

La recepcionista pidió nuestras identificaciones.

Cuando vio la mía, se quedó inmóvil.

“Maya Cole.”

Sus ojos se abrieron.

Rápidamente puse un dedo sobre mis labios.

Ella me reconoció.

Por supuesto.

Había trabajado durante años para la empresa de mi familia.

Afortunadamente entendió.

—Señor Foster, señorita… Maya. El señor Cole los espera.

Adrian no pareció notar nada.

Subimos al piso treinta y siete.

En la sala de juntas estaban Ethan, dos vicepresidentes y el director financiero.

Mi hermano parecía perfectamente profesional.

Ni una mirada extraña.

Ni una sonrisa.

Nada.

Me relajé.

La presentación comenzó.

Adrian habló durante cuarenta minutos sin revisar una sola nota.

Era bueno.

Mucho mejor de lo que la gente suponía.

Explicó cómo convertirían un terreno abandonado cerca del lago Silverwood en un complejo turístico sostenible, cómo emplearían proveedores locales y cómo podrían recuperar la inversión en seis años.

Cuando terminó, Ethan juntó las manos.

—Hay un problema.

El rostro de Adrian se endureció.

—¿Cuál?

—Su empresa está demasiado endeudada.

—Lo sabemos.

—Y su flujo de caja no aguanta otro año como el anterior.

Adrian no apartó la mirada.

—Por eso buscamos capital.

—Capital no resuelve mala administración.

Yo apreté los dedos bajo la mesa.

Sabía lo que estaba haciendo Ethan.

Estaba probándolo.

Adrian también lo comprendió.

—Si considerara que se trata de mala administración, señor Cole, no habría venido.

Ethan arqueó una ceja.

—Su padre dejó una compañía con activos valorados en más de ciento veinte millones. Usted dirige una empresa que vale menos de una décima parte.

La sala quedó en silencio.

Eso fue cruel.

Conocía la historia.

El padre de Adrian había realizado inversiones desastrosas, adquirido deudas ocultas y vendido propiedades familiares antes de morir.

Adrian había heredado el desastre.

No lo había creado.

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