Los hombres como Arturo solo leen los nombres cuando creen que les pertenecen.
El recepcionista, un joven de traje oscuro llamado Diego, revisó la pantalla.
—Bienvenido, señor Ledesma. Su suite está lista.
—También quiero una mesa en el restaurante para mañana en la noche —ordenó Arturo—. La mejor.
Diego apenas parpadeó.
—Por supuesto. ¿A nombre de Ledesma?
—Claro.
Los dedos de Diego se detuvieron un segundo sobre el teclado.
Arturo no lo notó.
Cuando las puertas del elevador se cerraron detrás de él y Camila, Diego tomó el teléfono interno.
—Licenciado Molina —dijo en voz baja—. Ya llegó.
Sergio Molina, director general del Gran Hotel Alvarado, recibió la llamada desde su oficina privada.
No preguntó quién.
Ya lo sabía.
Siete pisos más abajo, en una sala de juntas con vista a Reforma, Mariana Alvarado Ledesma estaba sentada frente al licenciado Octavio Barrios, abogado de su familia desde hacía 30 años.
Mariana llevaba un traje azul marino, el cabello recogido y el rostro de una mujer que ya lloró todo lo que tenía que llorar.
Octavio puso una carpeta gruesa sobre la mesa.
—Llegó con Camila Ríos. Suite presidencial. Cena reservada para mañana a las 8.
Mariana miró la carpeta sin tocarla.
—Eligió este hotel.
—Pudo elegir cualquier hotel de la ciudad —dijo Octavio—. Pero eligió el tuyo.
Mariana alzó la vista hacia el retrato de su padre. Don Efraín Alvarado había empezado con una fonda pequeña en Puebla y terminó levantando una cadena de hoteles donde cada empleado lo llamaba “don Efra”, no por miedo, sino por cariño.
Cuando murió, muchos pensaron que Mariana vendería.
Arturo fue el primero en sugerirlo.
—Tu papá era bueno para tratar gente —le dijo entonces—, pero esto es otro nivel. Tú no entiendes de finanzas.
Mariana le creyó.
Le permitió entrar a reuniones.
Firmó poderes.
Dejó que él hablara con bancos, socios y consejeros.
Hasta que descubrió que Arturo no estaba ayudando.
Estaba usando el apellido Alvarado como escalón.
Movía dinero sin autorización. Comprometía propiedades familiares. Presumía ante inversionistas que él había rescatado el grupo hotelero de “una heredera sentimental”.
Durante 14 meses, Mariana no discutió.
Documentó.
Correos.
Audios.
Transferencias.
Contratos con firmas falsificadas.
Y ahora Arturo estaba arriba, en la suite presidencial, brindando con otra mujer dentro del hotel que ella había salvado.
—¿Todo está protegido? —preguntó Mariana.
Octavio asintió.
—Las cuentas importantes ya fueron separadas. Los fideicomisos están blindados. La demanda de divorcio está lista. La denuncia civil también. Y la empresa de Arturo recibirá el informe el lunes por la relación con Camila, porque ella trabaja bajo su área.
Mariana respiró hondo.
—Entonces mañana.
—Mañana —confirmó Octavio.
Esa noche, Arturo cenó con Camila en la suite. Pidió champagne, langosta, postres con oro comestible y habló de Mariana como si fuera un mueble viejo de una casa bonita.
—¿Ella sabe algo? —preguntó Camila.
Arturo soltó una risa baja.
—Mariana no sabe ni revisar un estado de cuenta sin pedirme ayuda.
Camila sonrió, pero algo en el hotel la incomodaba.
La letra A estaba en todas partes.
En las servilletas.
En las batas.
En las copas.