PARTE 1
—Suite presidencial, y que nadie nos moleste.
Arturo Ledesma dejó su tarjeta negra sobre el mostrador de mármol como si acabara de comprar el silencio de todo el Gran Hotel Alvarado.
La mujer a su lado no era su esposa.
Camila Ríos sonrió, apretando contra su pecho el bolso caro que Arturo le había regalado 2 semanas antes. Tenía 28 años, vestido color champaña, tacones altos y esa mirada de quien todavía se impresiona con los candelabros, las flores frescas y los pisos brillantes de un hotel de lujo en Polanco.
Arturo disfrutó verla así.
Le gustaba sentirse dueño de todo.
Del dinero.
De las mentiras.
De las mujeres.
Esa mañana, antes de salir de su casa en Lomas de Chapultepec, había besado en la frente a su esposa, Mariana Alvarado, y le había dicho:
—Me voy a Monterrey. Junta con inversionistas. Regreso el lunes.
Mariana estaba en la cocina, sirviéndose café, con el cabello recogido y una blusa blanca sin ningún lujo.
—¿Otra vez Monterrey? —preguntó tranquila.
—Así es el negocio —respondió él, mirando el reloj—. No me esperes despierta.
—No lo haré.
Arturo ni siquiera notó el tono de su voz.
Después de 13 años de matrimonio, Mariana le parecía una mujer cómoda. Callada. Elegante, sí, pero sin filo. Una esposa perfecta para las cenas, los eventos de caridad y las fotos familiares donde él aparecía como el hombre exitoso que todos admiraban.
A las 4:10 de la tarde, Arturo ya estaba registrándose con Camila en el hotel que había elegido para su traición.
No vio la letra A grabada en las puertas del elevador.
No vio el mismo emblema en los uniformes del personal.
No vio el retrato enorme de don Efraín Alvarado, fundador del hotel, colgado al fondo del lobby.