PARTE 2
EL SECRETO QUE ADRIÁN HABÍA GUARDADO DURANTE CINCO AÑOS
3. La fotografía
Descubrí la fotografía tres días después.
Y no porque Adrián quisiera enseñármela.
Luna había comenzado a encariñarse con él con una rapidez que me incomodaba.
Cada mañana preguntaba:
—¿Hoy vamos a ver al señor de las estrellas de mar?
Yo siempre corregía:
—Se llama Adrián.
Entonces ella sonreía.
—¿Hoy vamos a ver a Adrián?
No sabía qué responder.
Porque una parte de mí quería alejarla.
Pero otra observaba la paciencia con la que él escuchaba cada historia absurda de Luna, cómo se agachaba para atarle los zapatos o cómo fingía sorpresa cuando ella encontraba una concha que él claramente había colocado minutos antes.
No parecía una actuación.
Y eso era precisamente lo peligroso.
Si hubiera seguido siendo el hombre egoísta que recordaba, habría sido fácil odiarlo.
Pero estaba frente a alguien que tenía su misma cara, su misma voz, su misma cicatriz…
y que, sin embargo, parecía haber aprendido todo aquello que yo le había pedido cuando todavía éramos marido y mujer.
Una tarde comenzó a llover mientras estábamos en el mercado.
Adrián apareció en su coche.
—La tormenta va a empeorar. Las llevo.
Me negué dos veces.
La tercera, un trueno hizo que Luna se abrazara a mi pierna.
Acepté.
A mitad del camino, una rama caída bloqueaba la carretera.
—Mi casa está cerca —dijo Adrián—. Podemos esperar allí hasta que despejen la vía.
Su casa estaba en una calle tranquila, a pocas cuadras del mar.
No era lujosa.
Eso fue lo primero que me sorprendió.
Durante nuestro matrimonio Adrián había medido el éxito en metros cuadrados, marcas de relojes y automóviles.
Ahora vivía en una casa de madera blanca con un pequeño jardín descuidado y una bicicleta apoyada contra la entrada.
Luna entró corriendo.
Yo permanecí junto a la puerta.
Sobre una repisa había varias fotografías.
Adrián con sus padres.
Adrián con compañeros de trabajo.
Adrián pescando.
Ninguna mujer.
Nada que indicara que hubiese formado otra familia.
—Puedes sentarte —dijo—. Haré chocolate caliente para Luna.
—Yo tomaré agua.
Asintió.
Mientras él estaba en la cocina, Luna comenzó a explorar.
—Mamá, mira.
Había abierto parcialmente un cajón de un escritorio.
Me acerqué para cerrarlo.
Entonces vi la fotografía.
Era Luna.
Estaba sentada en un columpio rojo, con un vestido amarillo y el cabello recogido en dos pequeñas coletas.
Reconocí la imagen inmediatamente.
Se la había tomado yo misma.
Luna tenía dos años.
Sentí frío.
Adrián y yo llevábamos entonces casi tres años divorciados.
Saqué la fotografía.
En la parte posterior había una fecha.
Dos años atrás.
—¿Qué significa esto?
Adrián se había detenido en la puerta de la cocina.
Su rostro perdió el color.
—Elena…
—¿De dónde sacaste esta foto?
Luna nos miraba sin comprender.
Respiré.
—Cariño, ve a buscar el baño y lávate las manos antes del chocolate.
Cuando desapareció por el pasillo, repetí:
—¿De dónde la sacaste?
Adrián dejó las tazas sobre la mesa.
—Tu madre me enviaba fotografías.
Creí haber oído mal.
—¿Mi madre?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde que nació Luna.
El pecho se me cerró.
—Mi madre te dijo que yo tenía una hija.
—Sí.
—Y tú llevas cuatro años sabiéndolo.
—Sí.
Cada respuesta era una piedra.
—¿Por qué?
Adrián se pasó una mano por el cabello.
—Después del divorcio intenté comunicarme contigo. Habías cambiado de número. De trabajo. De apartamento. Tu madre me pidió que no te buscara.
—Eso no explica por qué te mandaba fotografías.
—Porque pensaba que algún día tal vez necesitarías saber que yo…
Se interrumpió.
—¿Que tú qué?
Sus ojos se clavaron en los míos.
—Que yo nunca conseguí olvidarte.
Solté una risa sin humor.
—Qué conveniente.
—Lo sé.
—No. No lo sabes.
Levanté la fotografía.
—Tú no tienes derecho a guardar fotos de mi hija en un cajón como si formaras parte de su vida.
—Nunca dije que lo tuviera.
—Entonces ¿por qué estás aquí?
Silencio.
—Dime la verdad.
La tormenta golpeaba las ventanas.
Finalmente Adrián dijo:
—Porque hace ocho meses tu madre me llamó.
Sentí un mal presentimiento.
—¿Para qué?
—Me dijo que estabas pensando en mudarte definitivamente aquí. Que habías encontrado trabajo remoto y que Luna empezaría la escuela el próximo año.
Lo miré, incrédula.
—Así que te mudaste.
—Sí.
—¿Me estás diciendo que dejaste Boston, pediste el traslado y viniste hasta esta ciudad porque sabías que yo estaba aquí?
—Sí.
—Eso es enfermizo, Adrián.
Bajó la mirada.
—Probablemente.
—¿Me seguiste?
—No.
—Tienes una fotografía de mi hija.
—Porque tu madre me la envió.
—Te mudaste a quince minutos de mi casa.
—Nunca averigüé tu dirección.
—¿Esperabas simplemente encontrarme algún día?
Negó lentamente.
—Esperaba acostumbrarme a estar cerca sin molestarte.
Aquella respuesta me enfureció aún más.
—No conviertas esto en algo romántico.
—No intento hacerlo.
—Cinco años atrás no te importaba que yo estuviera sentada sola en casa esperando a que volvieras. Ahora recorres dos mil kilómetros para respirar el mismo aire que yo.
Adrián apretó la mandíbula.
—Cinco años atrás era un idiota.
—Eso no devuelve cinco años.
—Lo sé.
—Deja de decir que lo sabes.
Mi voz se quebró.
Y eso me enfureció conmigo misma.
No quería llorar.
No delante de él.
Adrián dio un paso hacia mí.
Yo retrocedí.
Se detuvo inmediatamente.
—No voy a acercarme.
Aquella pequeña frase me desarmó más que cualquier disculpa.
Porque el viejo Adrián habría insistido.
Habría dicho que estaba exagerando.
Habría intentado abrazarme aunque yo no quisiera.
El hombre frente a mí simplemente mantuvo distancia.
—Solo quiero decirte una cosa —murmuró—. No vine esperando que volvieras conmigo.
—Entonces ¿por qué?
—Porque durante cinco años imaginé cien veces que podía encontrarte en un supermercado, en una estación, cruzando una calle. Y siempre tenía miedo de no reconocer en quién te habías convertido.
Sus ojos se enrojecieron.
—Cuando tu madre dijo que estabas aquí, pensé que quizá podía vivir cerca. Nada más. Saber que estabas bien.
Tragué saliva.
—Eso no es amor, Adrián. También puede ser culpa.
—Tal vez sea ambas cosas.
La sinceridad me dejó sin respuesta.
Desde el pasillo llegó la voz de Luna:
—¡Mamá! ¡No encuentro el jabón!
Me giré.
—Voy.
Antes de irme dije:
—No vuelvas a hacer planes alrededor de mi vida sin mi permiso.
—No lo haré.
—Y no le cuentes a Luna nada de nosotros.
Adrián se quedó inmóvil.
—¿Nada?
—Nada.
—De acuerdo.
Salí de la habitación.
Pero aquella noche, después de acostar a mi hija, llamé a mi madre.
4. Lo que mi madre sabía
—¿Le enviaste fotografías de Luna?
Hubo un largo silencio al otro lado.
Mi madre no intentó negarlo.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque me las pedía.
—¿Y eso te pareció suficiente?
—Elena…
—Estábamos divorciados.
—Lo sé.
—Era mi vida.
—También lo sé.
—Entonces ¿por qué?
Mi madre suspiró.
—Porque lo vi después del divorcio.
Me quedé callada.
—¿Cuándo?
—Unos seis meses después. Vino a casa.
—Nunca me lo contaste.
—Me pediste que no te hablara de él.
Eso era cierto.
Después de firmar el divorcio, había eliminado cualquier cosa relacionada con Adrián.
Fotografías.
Mensajes.
Amigos en común.
Incluso había cambiado de cafetería porque una vez habíamos desayunado allí.
Necesitaba arrancarlo de mi vida como quien arranca una astilla demasiado profunda.
—¿Qué quería?
—Encontrarte.
—¿Para qué?
—No lo sabía ni él.
Mi madre hizo una pausa.
—Estaba muy mal.
Cerré los ojos.
No quería sentir compasión.
—Eso no era asunto mío.
—Por supuesto que no. Y se lo dije.
—¿Entonces?
—Volvió varias veces. Nunca le di tu dirección.
»Después supe que estabas embarazada.
Sentí que el corazón daba un pequeño vuelco.
—Mamá…
—No le dije nada durante meses.
—Pero acabaste diciéndoselo.
—Sí.
—¿Por qué?
Su voz bajó.
—Porque un día vino y me entregó una caja.
—¿Qué caja?
—Con todas tus cosas.
Recordé entonces el paquete que mi madre me había enviado cuando Luna tenía pocos meses.
Mis libros.
Un abrigo.
Una cámara antigua.
El dibujo de un faro que había hecho durante nuestro viaje de bodas.
Nunca pregunté quién lo había llevado.
—Dentro había una carta —continuó mi madre—. Para ti.
Me incorporé en la cama.
—Nunca recibí ninguna carta.
—Porque yo no te la entregué.
Sentí rabia.
—¿Qué?
—Estabas embarazada, sola, empezando una nueva vida. Habías tardado meses en dejar de despertarte llorando. No quería que una carta te hiciera retroceder.
—No tenías derecho.
—Tal vez no.
El silencio se volvió insoportable.
—¿Todavía la tienes?
—Sí.