Debajo de la tela había una pequeña entrada improvisada entre láminas, madera y cartón.
El niño se agachó.
—Alina —susurró—. Polina. Traje a alguien.
Andriy dejó caer los crisantemos.
Primero apareció una niña.
Cabello oscuro, rostro sucio, una sudadera demasiado grande.
Después apareció otra.
Idéntica.
Andriy dejó de respirar.
—Papá…
Alina lo reconoció primero.
Corrió hacia él.
Polina salió detrás.
Andriy cayó de rodillas y las abrazó.
No preguntó nada.
No quiso saber todavía cómo habían llegado allí.
Solo contó.
Una.
Dos.
Sus dos hijas.
Vivas.
El niño permaneció apartado.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Andriy.
—Misha.
—¿Cuánto tiempo llevan aquí?
—Desde que llegaron.
—¿Seis meses?
Misha asintió.
Andriy sintió náuseas.
Había pasado seis meses colocando flores frente a una tumba vacía mientras sus hijas sobrevivían a pocos kilómetros.
Sacó el teléfono y pidió ayuda.
No intentó llevarlas inmediatamente a casa ni interrogarlas.
Las niñas necesitaban médicos, comida, seguridad y adultos especializados que pudieran averiguar qué había ocurrido sin obligarlas a revivirlo una y otra vez.
Misha intentó marcharse cuando llegaron los servicios de emergencia.
Andriy lo detuvo suavemente.
—Tú también vienes.
El niño negó.
—Yo no soy suyo.
Andriy miró a sus hijas.
Alina estaba agarrada a la manga de Misha.
—Él nos daba comida —dijo.
Polina añadió:
—Y dormía junto a la entrada para que nadie entrara.
Andriy tragó saliva.
—Precisamente por eso.
Horas después, en el hospital, comenzó a aparecer la verdad.
Las niñas sí habían estado en el edificio donde ocurrió el incendio.
Pero habían salido con vida.
Alguien las había sacado antes de que Andriy llegara.
La identificación posterior había estado plagada de irregularidades.
Andriy recordaba demasiado bien aquel día.
Su cuñado Viktor había gestionado casi todo mientras él estaba sedado por una crisis nerviosa.
Los documentos.
El funeral.
El seguro.