PARTE 2: EL VESTIDO QUE LE QUITÓ LA MÁSCARA

—Durante cinco años te cociné, te esperé, organicé mi vida alrededor de tus horarios y acepté ser llamada “cuñada” sin tener ninguna seguridad real.

Señalé la autorización de matrimonio que todavía estaba sobre mi escritorio.

—Entonces apareció Chloe y en cinco meses decidiste que ella merecía aquello que conmigo siempre podía esperar.

Nathan tragó saliva.

—Yo pensaba casarme contigo después.

Lo miré incrédula.

—¿Después de casarte con ella?

—Las circunstancias…

—Basta.

Por primera vez levanté la mano.

—No quiero entenderte.

Aquello pareció asustarlo.

No que estuviera enfadada.

Que ya no necesitara explicaciones.

—¿Qué quieres entonces?

—Nada.

—Emily…

—Quiero que recojas tus cosas del apartamento que legalmente me pertenece.

—¿Y nosotros?

Solté una risa pequeña.

—Nunca hubo un “nosotros” para ti. Había una mujer que siempre esperaría.

Me acerqué a la puerta.

—Te equivocaste.

La solicitud de Nathan con Chloe terminó retrasándose mientras corregía sus asuntos administrativos.

Eso fue suficiente para que empezaran las discusiones entre ellos.

Chloe quería fechas.

Propiedades.

Dinero.

Seguridad.

Todas las cosas que Nathan había asumido que yo jamás exigiría.

Y por primera vez tuvo que conquistar a una mujer sin utilizar la estabilidad que yo había construido detrás de él.

El día previsto para entregar el vestido, Chloe no apareció.

Nathan sí.

Se quedó frente al maniquí durante mucho tiempo.

—Es hermoso.

—Ese era el encargo.

—¿De verdad ibas a hacer su vestido?

—Claro.

Me miró.

—¿Por qué?

—Porque ella me contrató.

—¿No te dolía?

Pensé en ello.

—Sí.

—Entonces ¿cómo pudiste?

Sonreí.

—Porque el dolor no me obliga a perder profesionalidad.

Nathan bajó la cabeza.

Después preguntó:

—Si cancelo la boda…

—No.

Ni siquiera lo dejé terminar.

Sus ojos se levantaron.

—Emily.

—No quiero ser elegida porque la otra opción resultó complicada.

Aquella frase lo dejó en silencio.

Guardé el vestido dentro de su funda.

—Hace cinco años habría hecho cualquier cosa por escuchar que querías casarte conmigo.

Le entregué el paquete.

—Ahora ya no quiero casarme con el hombre que necesitó perderme para entender que podía hacerlo.

Nathan no tomó el vestido.

—Entonces ¿qué hago con esto?

Miré la prenda que Chloe había pedido inspirada en su gran historia de amor.

—Lo que quieras.

Apagué las luces del estudio.

—Nunca fue mi boda.

Meses después me enteré de que Nathan y Chloe no llegaron al altar.

No porque yo saboteara su matrimonio.

Sino porque, una vez que desapareció la mujer que resolvía silenciosamente los problemas de Nathan, ambos descubrieron cuánto de su romance dependía de una vida que yo mantenía funcionando.

Y Nathan comprendió finalmente la frase que Marcus le había dicho aquella primera noche:

algún día se arrepentiría.

Solo que se equivocaron en una cosa.

Creían que su arrepentimiento empezaría cuando eligiera a Chloe.

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