PARTE 2: EL INFORME DE ADN QUE CONVIRTIÓ A LOS HEREDEROS WHITMORE EN UNA MENTIRA.

Grant extendió la mano hacia mi teléfono.

Lo aparté antes de que pudiera tocarlo.

—Te pregunté qué demonios es eso.

Por primera vez desde que había entrado en aquella sala, su voz ya no sonaba segura.

Sloane estaba inmóvil.

Eleanor frunció el ceño.

—Claire, ¿qué laboratorio?

Guardé el teléfono en mi bolso.

—Uno privado.

—¿Para qué? —preguntó Conrad.

Miré a Grant.

—Eso ya no es asunto mío. Acabo de firmar un documento que lo dice claramente.

El abogado de los Whitmore intervino.

—Si posee información relacionada con futuros miembros de esta familia, la cláusula de confidencialidad podría obligarla a entregarla.

Sonreí.

—Lea mejor su propio contrato.

Sarah Mitchell, mi abogada, abrió su copia.

—La señora Whitmore renuncia a futuras reclamaciones. No existe ninguna disposición que la obligue a entregar información obtenida antes de la firma.

Grant se levantó.

—Claire.

Conocía aquel tono.

Durante ocho años había conseguido que ejecutivos, empleados e incluso familiares retrocedieran con una sola palabra.

Yo también lo había hecho demasiadas veces.

Aquella tarde no.

—Siéntate, Grant.

Su rostro se endureció.

Sloane finalmente habló.

—Esto es ridículo. Está intentando arruinar nuestro momento porque está celosa.

La miré.

—Entonces no tienes nada que temer.

La seguridad desapareció de sus ojos.

Eleanor lo vio.

Y Eleanor Whitmore no había construido durante treinta años una de las familias más poderosas de Chicago ignorando el miedo.

—Sloane —dijo lentamente—, ¿hay algo que debamos saber?

—Por supuesto que no.

—Mírame cuando respondas.

Sloane levantó la cabeza.

—Los bebés son de Grant.

Grant se acercó a ella.

—Entonces terminemos con esto. Claire, enséñame el informe.

Negué.

—No.

—Te pagaré.

Solté una pequeña risa.

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