Habían utilizado el certificado digital que Rodrigo me pidió “para facilitar trámites” y habían hecho parecer que yo aprobaba los pagos.
Comprendí por qué Teresa quería recuperar la empresa con tanta desesperación. Si el asunto reaparecía, yo podía quedar como responsable de movimientos que jamás autoricé.
Esa tarde Rodrigo me llamó.
Su voz ya no era arrogante.
—Daniela, tenemos que parar esto. Mi mamá perdió la cabeza. Yo también me equivoqué. Vendamos todo, paguemos deudas y empecemos lejos de ellos. Tú y yo.
Nos vimos en un parque. Llegó sin afeitar, con la camisa arrugada y los ojos cansados. Me habló de cuando éramos estudiantes, de los tacos que compartíamos porque no teníamos dinero, del departamento diminuto donde empezamos.
Por un momento vi al hombre del que me enamoré.
—Mañana al mediodía —dijo—. Un notario tiene preparado un poder para vender los activos. El dinero irá a una cuenta controlada por ti.
Acepté.
Esa noche, Alejandro me envió un video.
Rodrigo estaba cenando con el notario y con un psiquiatra.
—Ya cayó —decía mi marido, riéndose—. Firma el poder y queda fuera.
El médico preguntó:
—¿Y después?
Rodrigo bajó la voz.
—Después certificas que tuvo una crisis, que está agresiva y desorientada. Tu equipo la lleva a la clínica. Mientras “la estabilizan”, nosotros vendemos. Cuando salga, si sale, ya no tendrá nada.
El notario levantó su copa.
—Mañana a las doce.
Me quedé mirando la pantalla sin poder respirar.
El hombre que unas horas antes había apoyado la frente en mi hombro no quería reconciliarse conmigo.
Quería quitarme mis bienes, mi credibilidad y hasta el derecho de contar lo que me habían hecho.
Le escribí a Alejandro una sola pregunta:
“¿Qué hago mañana?”
Su respuesta llegó de inmediato:
“Vaya. Pero esta vez, ellos serán quienes firmen sin leer.”
PARTE 3
A las 11:55 del día siguiente entré a la notaría de la colonia Americana con una carpeta azul y el corazón sorprendentemente tranquilo.
Rodrigo ya estaba ahí. Al verme se levantó con una sonrisa cansada, cuidadosamente ensayada.
—Sabía que vendrías, amor.
No respondí.
El notario, Esteban Carrillo, me ofreció café y colocó frente a mí un poder general amplísimo: administración, dominio, pleitos y cobranzas, facultad para vender inmuebles, mover cuentas y representar mis acciones en la empresa.
Todo quedaría en manos de Rodrigo.
—Es la forma más rápida de cerrar este capítulo —dijo Carrillo—. Firma aquí, aquí y aquí.
Tomé la pluma.
Rodrigo contuvo el aliento.
Entonces deslicé el documento hacia un lado.
—Primero voy a firmar esto.
Saqué un acta corporativa preparada esa madrugada con una abogada independiente. Como accionista de control, revocaba todos los poderes de Rodrigo dentro de Transportes Salgado del Bajío, lo separaba de su cargo operativo y ordenaba conservar servidores, correos, cámaras, estados de cuenta y respaldos contables.
También suspendía cualquier venta de activos durante la auditoría.
Rodrigo leyó la primera página y su rostro cambió.
—¿Qué demonios es esto?
—Control de daños.
—No puedes correrme de mi propia empresa.
—La empresa dejó de ser “tuya” cuando tu familia decidió ponerla a mi nombre para esconderla de los acreedores.
Carrillo empezó a sudar.
Rodrigo golpeó el escritorio.
—Esteban, llama al doctor. Ya empezó. Te dije que iba a tener una crisis.
La puerta se abrió.
No entró ningún psiquiatra.
Entraron mi abogada, dos agentes de la Fiscalía estatal y Alejandro Valdés.
Rodrigo retrocedió.
—¿Qué significa esto?
Mi abogada dejó una memoria USB sobre el escritorio.
—Significa que anoche la señora Cruz presentó una denuncia por falsificación de autorizaciones digitales, administración fraudulenta y tentativa de privación ilegal de la libertad. El video de su cena forma parte de la denuncia.
Carrillo se sentó de golpe.
—Yo no sabía que ella…
—Usted aparece brindando —lo interrumpí.
Rodrigo me miró como si no me conociera.
—Me tendiste una trampa.
—No. Tú planeaste encerrarme. Yo solo decidí no llegar sola.
Uno de los agentes pidió a Carrillo que entregara copia del poder que pretendían hacerme firmar. El notario intentó explicar que era “un borrador”. Mi abogada señaló que el documento ya estaba preparado con facultades que jamás habíamos negociado y que el psiquiatra se encontraba estacionado a menos de una cuadra con personal de una clínica privada.
Rodrigo perdió el control.
—¡Todo esto es culpa de mi madre! ¡Ella hizo lo de la empresa, ella protegió a Fernanda!
—Y tú usaste mi firma —le respondí—. Tú metiste a tu amante en mi casa. Tú me humillaste en esa boda. Y anoche tú planeaste convertirme en una mujer “loca” para que nadie me creyera.
No tuvo respuesta.
Alejandro abrió otra carpeta.
Durante años había seguido los problemas financieros de los Salgado porque su padre y el padre de Teresa habían sido socios en una empresa anterior. Cuando la familia empezó a mover bienes para evitar embargos, varios documentos pasaron por despachos vinculados a él. No podía decidir por mí, pero sí podía enseñarme dónde mirar.
Entre sus papeles había algo que Teresa creyó perdido: una copia de video de la firma de tres años antes.
Se veía a Rodrigo apurándome.
“Firma, Dani, es para proteger la empresa”.
Se escuchaba a Teresa decir: