—Tu abuelo robó algo de mi familia —dijo—. Hace años. Algo que debería haber hecho intocables a los Vale.
La expresión de Walter cambió.
No me sorprende.
Una vez más, un reconocimiento.
—Estás mintiendo —dijo.
Celeste lo ignoró.
Elias Bennett se escondía tras fideicomisos, abogados y firmas de muertos. Pero la deuda se transmite de generación en generación. Tu madre debería haberla pagado. Huyó. Y ahora… Embarazoy la maternidad
Su mirada se posó en los niños.
“Ahora sí lo harán.”
Hice un sonido que no reconocí.
La enfermera se marchó.
Grant dio un paso al frente.
“Celeste, ya basta.”
—No —dijo ella, sin mirarlo—. Tuviste tu oportunidad de resolver el asunto limpiamente.
Termínalo.
Sus palabras me atravesaron como una cuchilla.
Miré a Grant.
“¿Qué hiciste?”
Abrió la boca.
No se recibió respuesta.
Walter dijo en voz baja: “Evelyn, tu abuelo no murió de un ataque al corazón”.
La imagen en la UCIN estaba borrosa.
“¿Qué?”
La voz de Walter estaba ahora ronca.
“Hubo una investigación. Enterrada. Sellada. Nunca he podido probarla.”
Celeste rió suavemente.
“Los abogados siempre odian las historias inconclusas.”
Grant espetó: “Deja de hablar”.
Finalmente, ella se volvió hacia él.
“Y siempre odiaste que te recordaran que fuiste elegido con un propósito, no amado.”
Aquello le afectó profundamente.
Lo vi aterrizar.
El rostro de Grant se endureció, pero debajo de esa apariencia se escondía algo crudo, antiguo y vergonzoso.
Celeste se giró para mirarme.
¿Te dijo que te siguió por casualidad? ¿Que fue el destino? ¿Que te vio desde el otro lado de un túnel y no pudo apartar la mirada?
Mi corazón latía con fuerza.
Eso fue exactamente lo que me dijo.
Palabra por palabra.
Los ojos de Celeste brillaban.
«Ya se ha enviado.»