PARTE 1
—Ya puedes dejar de fingir que no te duele. Daniela me dio lo que tú nunca pudiste: un hijo y una hija.
Esa fue la primera frase que Santiago Alcázar me dijo por teléfono el mismo día en que firmé nuestro divorcio.
Yo estaba sola en el estudio de mi departamento en Santa Fe, con la última página del convenio todavía frente a mí, cuando llegó la foto. Santiago aparecía abrazando a Daniela Ruiz, mi mejor amiga desde la universidad, mientras ella sostenía a dos recién nacidos: el niño envuelto en azul, la niña en rosa.
“Gemelos sanos. Daniela y yo empezamos una nueva vida. Ojalá tú también puedas seguir adelante.”
Santiago llamó segundos después. Quería escucharme llorar.
—Deberías alegrarte por nosotros —dijo—. Al final, todos encontramos el lugar al que pertenecemos.
Miré la pared de cristal de mi oficina. Estaba cubierta de estados de cuenta, contratos y flechas que conectaban transferencias entre NexoTech, la empresa de Santiago, y varias sociedades que yo llevaba semanas revisando.
—Claro —respondí—. Tendré que comprar dos regalos.
Su silencio fue casi cómico.
Durante años me acusó de ser fría y obsesionada con mi carrera. Pero esa misma “frialdad” había salvado su empresa. Yo había reestructurado sus finanzas, conseguido inversionistas y hasta hipotecado una casa heredada de mis padres.
Pero ahora él contaba otra historia: yo era la esposa incapaz de darle una familia; Daniela, la mujer cálida que había llegado a rescatarlo.
Al día siguiente apareció con su abogado para firmar la separación de bienes.
Santiago entró sonriendo. Dejó de sonreír cuando su abogado abrió la carpeta que preparé.
Los documentos demostraban que buena parte de las acciones que Santiago presumía como suyas se habían adquirido con capital proveniente de mi patrimonio personal. El acuerdo prenupcial era claro: esas participaciones me pertenecían.
—Me tendiste una trampa —murmuró.
—No. Solo guardé los comprobantes.
Entonces perdió el control.
—¿Y de qué te sirve tener dinero? ¡Yo tengo una familia! Tú nunca pudiste quedar embarazada.
Le recordé algo que pareció borrarle el color de la cara.
Durante dos años nos habíamos sometido a estudios de fertilidad. Tres especialistas distintos habían concluido lo mismo: ninguno de los dos tenía un problema médico evidente.
—Entonces explícame algo, Santiago —dije—. ¿Cómo es que Daniela quedó embarazada casi de inmediato… y de gemelos?
No respondió.
Firmó con la mandíbula apretada, recogió sus cajas y antes de salir se volvió hacia mí.
—Yo gané, Valeria. Tengo a Daniela. Tengo un hijo y una hija. Tú terminarás sola con tus hojas de cálculo.
Esa noche abrí mi teléfono y escribí un mensaje a su madre, doña Beatriz Alcázar, una mujer de Guadalajara que llevaba décadas obsesionada con el apellido, la reputación y los herederos de su familia.
“Santiago llevará a los gemelos a la casa familiar el próximo fin de semana. Pensé que le gustaría saberlo.”
La respuesta llegó un minuto después.
“No sabes lo que acabas de confirmar.”
Me quedé mirando esas palabras.
Porque una semana antes, Beatriz me había llamado durante casi dos horas para preguntarme, de manera extrañamente insistente, si yo sabía algo sobre una clínica de fertilidad en Zapopan… y sobre las visitas secretas de Daniela con un hombre de la propia familia Alcázar.
Y en ese momento entendí que el divorcio no era el final.
Era apenas la primera ficha que acababa de caer.
No podía imaginar lo que iba a ocurrir cuando Beatriz viera a esos dos bebés frente a toda su familia…