PARTE 2
La clínica privada en Santa Fe estaba llena de flores blancas, globos azules y sonrisas falsas.
Fernanda había llegado vestida de rosa claro, con una mano sobre el vientre y la otra entrelazada con la de la madre de Alejandro.
—Mi nieto —decía doña Carmen, con lágrimas en los ojos—. Por fin un Cárdenas de verdad.
Alejandro entró casi corriendo.
Fernanda sonrió como si hubiera ganado una corona.
—Amor, llegaste justo a tiempo.
Él la besó en la frente.
—Nada me habría hecho perder este momento.
Patricia grababa con el celular.
—Esto hay que mandárselo a Mariana —susurró—. Para que vea lo que es una mujer de verdad.
El doctor Herrera entró con el expediente en la mano. Era un hombre serio, de lentes delgados y voz tranquila.
—Bien, señora Fernanda, vamos a revisar el ultrasonido.
La pantalla se encendió.
Todos se acercaron.
Alejandro apretó la mano de Fernanda.
—Ahí está mi hijo —dijo, emocionado.
El doctor no respondió.
Movió el transductor lentamente.
Frunció el ceño.
Luego miró el expediente.
Después volvió a mirar la pantalla.
—Doctor, ¿pasa algo? —preguntó doña Carmen.
El silencio se volvió pesado.
El doctor respiró hondo.
—Señor Alejandro… las fechas no coinciden.
Fernanda palideció.
—¿Cómo que no coinciden?
—Según el historial que me dieron, el embarazo debería tener alrededor de dieciséis semanas —explicó el doctor—. Pero por las medidas del feto, tiene al menos veintidós.
Alejandro soltó la mano de Fernanda.
—Eso no puede ser.
El doctor bajó la mirada al expediente.
—La concepción ocurrió mucho antes de la fecha que ustedes indicaron.
Patricia dejó de grabar.
Doña Carmen miró a Fernanda como si acabara de ver una grieta en una estatua.
—Fernanda —dijo Alejandro lentamente—, hace veintidós semanas yo estaba en Monterrey por trabajo. Dos semanas completas.
Fernanda intentó reír.
—Los doctores se equivocan. Siempre se equivocan.
—No con seis semanas de diferencia —dijo el doctor.
Alejandro dio un paso atrás.
—¿De quién es ese bebé?
Fernanda abrió la boca, pero no salió ninguna palabra.
Entonces la puerta del consultorio se abrió.
Un hombre entró sin tocar.
Era alto, moreno, con traje caro y una expresión de furia contenida.
Doña Carmen lo reconoció primero.
—¿Ramiro?
Alejandro giró la cabeza.
Ramiro Méndez.
Su socio.
Su mejor amigo.
El padrino de Mateo.
El hombre que había estado sentado en su mesa cada Navidad.
Fernanda empezó a llorar.
Ramiro miró a Alejandro.
—Lo siento, hermano.
Alejandro se lanzó contra él.
Los enfermeros tuvieron que separarlos.