El jefe mafioso sonrió cuando su secretaria lo insultó en italiano… pero lo que dijo después cambió todo entre ellos

Parte 2

La primera bala no atravesó el vidrio.

La segunda tampoco.

La tercera dejó una telaraña blanca extendiéndose sobre el panel.

Sophia permaneció agachada detrás del escritorio, con Vincent prácticamente encima de ella.

—¿Estás herida?

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

—Quédate abajo.

—Deja de decirme qué hacer.

Vincent la miró como si no pudiera creer que estuvieran discutiendo durante un ataque.

—Nos están disparando.

—Lo he notado.

Otro impacto.

Sophia cerró los ojos.

—¿Siempre es así contigo?

—Normalmente menos dramático.

—Fantástico.

Marco gritó desde la puerta:

—Vehículo negro escapando al oeste. Seguridad ya va detrás.

Vincent se incorporó lentamente.

—Segundo tirador.

Marco miró por el lateral del vidrio.

—No veo.

—Entonces asume que existe.

Sophia lo observó.

En menos de diez segundos, el hombre que hacía café mal y la molestaba junto a su escritorio había desaparecido.

Este Vincent era distinto.

Frío.

Preciso.

Peligroso.

—Sophia.

Ella levantó la vista.

—Vamos a salir por la escalera de servicio.

—No hasta que me expliques lo de mi padre.

—Después.

—Ahora.

—Bellini.

—Marchetti.

Marco cerró los ojos.

—Este no parece el momento.

—Gracias —dijo Vincent.

Sophia lo fulminó.

—Tú cállate.

Marco levantó ambas manos.

—Yo ni siquiera estoy casado y siento que estoy en problemas.

Vincent casi sonrió.

Casi.

Después tomó a Sophia por el codo.

—Nos movemos.


La llevaron a una casa en Lincoln Park que no aparecía vinculada legalmente a Vincent.

Sophia descubrió eso cuando empezó a hacer preguntas.

—¿Quién vive aquí?

—Nadie.

—Entonces ¿por qué tiene comida?

—Personal.

—¿Y ropa de tu talla?

Silencio.

—Vincent.

—Es una casa segura.

Ella cruzó los brazos.

—Claro. Porque todo hombre normal tiene una casa secreta con refrigerador lleno.

—Soy extremadamente organizado.

—Eres extremadamente sospechoso.

Marco dejó una bolsa sobre la mesa.

—Voy a retirarme antes de que empiece el italiano.

Vincent lo miró.

—No vas a ningún sitio.

—Entonces me quedo lejos.

Sophia se volvió hacia Vincent.

—Ahora habla.

Él se quitó la chaqueta.

—Primero quiero comprobar…

—Si dices “que estás bien”, te juro que…

Vincent levantó las manos.

—Bien.

Se sentó.

Sophia permaneció de pie.

—Mi padre.

Vincent tomó aire.

—Daniel Bellini trabajó para Marchetti Holdings antes de que fuera Marchetti Holdings.

—¿Qué significa eso?

—Significa que trabajó para mi padre cuando muchas de nuestras empresas no eran legales.

Sophia sintió frío.

—¿Era mafioso?

—No.

—¿Entonces?

—Contador.

—Eso ya lo sabía.

—Pero no sabía qué cuentas llevaba.

Sophia se sentó finalmente.

Vincent continuó.

—Mi padre confiaba en muy poca gente. Daniel era una de ellas.

—¿Por qué?

—Porque era bueno.

—Eso no responde.

—Porque no robaba.

Aquella respuesta sí tenía sentido.

Su padre había sido obsesivamente honesto.

Si un cajero le devolvía diez dólares de más, hacía caminar a toda la familia de vuelta a la tienda.

—¿Qué descubrió?

Vincent miró sus manos.

—Una red de pagos que no pertenecía a mi padre.

—¿De quién?

—Todavía no lo sabemos del todo.

—Catorce años y todavía no lo sabes.

—Creíamos saberlo.

Sophia frunció el ceño.

—¿Quién?

—Mi tío Carlo.

Ella conocía ese nombre.

Carlo Marchetti había muerto hacía nueve años.

—¿Creían que él mató a mi padre?

—Sí.

—¿Y ahora?

Vincent levantó los ojos.

—Ahora no.


Daniel Bellini había descubierto que alguien dentro del imperio Marchetti estaba desviando dinero hacia compañías externas.

No miles.

Millones.

Y no era solo robo.

Algunas transferencias coincidían con negocios que los Marchetti perdían misteriosamente frente a competidores.

Rutas de transporte.

Terrenos.

Contratos.

Información interna.

—Tu padre pensó que alguien estaba vendiendo secretos —explicó Vincent.

—¿A quién?

—A varias familias.

—Entonces llevó pruebas a tu padre.

Vincent negó.

—No.

Sophia lo miró.

—¿Por qué no?

—Porque ya no confiaba en él.

Eso la sorprendió.

—¿Entonces en quién?

Vincent tardó demasiado.

—En mí.

Sophia dejó de respirar.

—¿Cuántos años tenías?

—Veinticuatro.

—¿Conocías a mi padre?

—Sí.

—¿Bien?

—Lo suficiente.

—¿Y nunca me dijiste nada?

—No.

Ella se levantó.

—Dios mío.

—Sophia.

—Me contrataste sabiendo quién era.

—Sí.

—¿Por culpa?

—No.

—¿Entonces por qué?

Vincent no respondió.

—Vincent.

Él levantó la mirada.

—Porque prometí cuidarte.

Aquello la dejó inmóvil.

—¿Qué?

—La última vez que vi a tu padre me hizo prometer que si algo le ocurría, me aseguraría de que tú y tu madre estuvieran bien.

Sophia sintió rabia.

—Así que me contrataste por caridad.

—No.

—¿Entonces?

—Te entrevistaron otras seis personas antes de que yo supiera que habías solicitado.

—Pero tú tomaste la decisión final.

—Sí.

—Por mi padre.

—Al principio.

La última frase cambió algo.

—¿Al principio?

Vincent se quedó callado.

Sophia lo miró.

—No.

Él levantó una ceja.

—¿No qué?

—No vas a hacer esa cosa donde dices media frase y luego esperas que yo la ignore.

Vincent respiró.

—Te quedaste porque eres buena en tu trabajo.

—Eso es todo.

—No.

Sophia sintió que el corazón cambiaba de ritmo.

—Entonces qué.

Él la observó.

—No creo que sea una conversación para esta noche.

—Cobarde.

Vincent sonrió débilmente.

—Probablemente.


Marco apareció antes de que Sophia pudiera seguir.

—Tenemos información.

Vincent recuperó inmediatamente aquella expresión fría.

—¿Sobre el tirador?

—El vehículo fue encontrado.

—Conductor.

—Desaparecido.

—Arma.

—Limpia.

—Ruta interna.

Marco dudó.

—La credencial utilizada pertenecía a Matteo.

Vincent no reaccionó.

Sophia sí.

Matteo Marchetti.

Hermano menor de Vincent.

Treinta y cinco.

Vicepresidente de operaciones.

El único miembro de la familia que Sophia había visto entrar en la oficina de Vincent sin anunciarse.

—¿Dónde está?

—Dice que cenaba en Naperville.

—Verifica.

—Ya.

—¿Y?

—La cena ocurrió.

Sophia soltó aire.

Vincent no.

—Eso no significa que no prestara la credencial.

—Exacto.

Marco dejó otra fotografía.

—Además apareció esto en el vehículo.

Un sobre.

En el frente:

Sophia Bellini.

Ella lo abrió antes de que Vincent pudiera detenerla.

Dentro había una fotocopia de un documento antiguo.

Una página contable.

Números.

Nombres.

Y una frase escrita a mano por Daniel.

Sophia reconoció la letra inmediatamente.

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