—Tú firmaste acuerdos sabiendo que existía.
—Tú trajiste hoy a su madre para informarme de que debía aceptar la situación después del matrimonio.
Me acerqué lo suficiente para que pudiera escucharme perfectamente.
—Lo único que hice fue negarme.
Alexander bajó la voz.
—Podemos renegociar.
Sonreí.
—Claro que podemos.
Por un instante pareció relajarse.
Entonces terminé la frase.
—Pero no contigo.
El silencio fue absoluto.
Richard Foster me observó fijamente.
—¿Qué quieres decir, Victoria?
Me volví hacia él.
—La familia Sinclair nunca exigió casarme específicamente con Alexander.
Los ojos de Alexander se abrieron.
—Exigimos una alianza con el futuro responsable legítimo del grupo Foster.
Mi padre no dijo nada.
No hacía falta.
Richard comprendió inmediatamente.
También Alexander.
—Victoria —dijo él con voz baja—, no hagas esto.
—¿Por qué no?
—Porque sabes perfectamente que soy el heredero.
—Eras el heredero.
Por primera vez desde que lo conocía, vi verdadero miedo en sus ojos.
Richard se sentó lentamente.
—Continúa.
Respiré con tranquilidad.
—Una alianza entre nuestras familias solo tiene sentido si existe estabilidad sucesoria.
—Alexander ya tiene un hijo.
—Eso por sí solo no sería necesariamente un problema.
Claire levantó la mirada.
Entonces añadí:
—El problema es que lo ocultó.
Miré directamente a Richard.
—Si es capaz de esconderle un heredero a una familia con la que está negociando una fusión de intereses, ¿qué otra información ocultaría cuando estuviera dirigiendo Foster Holdings?
Nadie respondió.
—Deudas.
—Acuerdos privados.
—Participaciones encubiertas.
—Conflictos de interés.
—Otros hijos.
Uno de los directivos presentes comenzó a mirar a Alexander de otra manera.
Yo sabía que eso ocurriría.
En los círculos empresariales, la moral privada podía perdonarse.
La falta de fiabilidad, no.
Alexander pareció darse cuenta demasiado tarde.
—Esto no tiene nada que ver con mi capacidad profesional.
Mi padre contestó:
—Tiene todo que ver.
Richard levantó la mano.
Todos guardaron silencio.
Después miró a Claire.
—Señorita Bennett. ¿Cómo ha vivido estos tres años?
Ella parpadeó.
—No entiendo.
—Quién pagó su apartamento.
Claire se tensó.
—Yo trabajo.
—No fue eso lo que pregunté.
Richard giró hacia uno de sus asistentes.
—Daniel.
El hombre abrió una tablet.
—El apartamento de la señorita Bennett pertenece a Eastwood Properties.
Mi padre arqueó una ceja.
Yo conocía ese nombre.
Era una empresa vinculada indirectamente a los Foster.
El asistente continuó.
—Durante los últimos ocho meses, los gastos del inmueble han sido abonados por una compañía llamada Blue Harbor Consulting.
Richard preguntó:
—¿Propietario?
—Una sociedad gestionada por el señor Alexander Foster.
Claire perdió el color.
Alexander dio un paso adelante.
—Abuelo…
—Todavía no he terminado.
Daniel deslizó el dedo por la pantalla.
—También hay pagos mensuales por aproximadamente veinte mil dólares.
Ahora nadie murmuraba.
Richard preguntó:
—¿Desde cuándo?
—Desde que el señor Foster confirmó la paternidad.
Giré lentamente hacia Claire.
—Creí que no quería nada.
Ella abrió la boca.
—Eso es para Ethan.
—Claro.
Mi sonrisa desapareció.
—Todo siempre es “por el niño” hasta que llega el momento de firmar una renuncia a la herencia.
Claire comenzó a llorar otra vez.
Esta vez nadie dijo “pobre mujer”.
Alexander se colocó frente a ella.
—Ya basta.
Me miró con rabia.
—No tienes derecho a humillarla.
Mi padre dio un paso hacia delante, pero levanté una mano.
No necesitaba que me defendiera.
—¿Humillarla?
Miré a Alexander.
—Tú la trajiste.
Él se quedó inmóvil.
—Podrías haber cancelado nuestro compromiso.
—Podrías haber hablado con nuestras familias.