Durante seis años fui sus ojos… y el día que descubrí que estaba embarazada, supe que nuestro matrimonio nunca había existido

PARTE 2

Durante los siguientes días me convertí en la mejor actriz de mi propia tragedia.

Sonreía cuando Adrian me abrazaba.

Preparaba café por las mañanas.

Le preguntaba si había dormido bien.

Incluso fingía escuchar con interés las historias sobre reuniones que jamás habían ocurrido.

Él mentía con tanta naturalidad que, de no haber escuchado aquella conversación en el hospital, probablemente habría seguido creyéndole durante años.

—¿Por qué estás guardando tantas cosas? —preguntó una noche al ver varias cajas junto al armario.

—Quiero donar ropa que ya no uso.

—Últimamente haces mucha limpieza.

—Supongo que necesitaba espacio.

Adrian sonrió y me rodeó la cintura.

—¿Espacio para qué?

Miré sus ojos.

Los mismos ojos por los que había rezado durante seis años.

—Para algo nuevo.

Él interpretó mis palabras de otra manera.

Su expresión se iluminó.

—Elena…

Bajó la mirada hacia mi vientre.

Por un instante sentí que algo se desgarraba dentro de mí.

—¿Estás segura de que aquella visita al hospital no escondía alguna sorpresa?

Aparté sus manos con suavidad.

—Solo tenía gastritis.

La decepción cruzó rápidamente su rostro.

—Pensé que quizá…

—¿Querías un hijo?

—Contigo, sí.

La crueldad de algunas mentiras no está en las palabras.

Está en la ternura con la que se pronuncian.

Me limité a sonreír.

—Tal vez algún día.

No habría ningún “algún día”.

Mis documentos estaban listos.

Había aceptado un puesto como ilustradora en una pequeña editorial de Boston. No era un trabajo glamuroso, pero era mío. Nadie me conocía allí como “la mujer de Adrian Cole”.

Podría alquilar un pequeño apartamento.

Empezar de cero.

Respirar sin preguntarme a quién estaba engañando el hombre que dormía a mi lado.

Dos días antes de mi partida recibí una llamada de la señora Cole.

—El dinero ya está en tu cuenta.

—Lo he visto.

—Espero que cumplas tu palabra.

—Lo haré.

Hubo una pausa.

—Nunca pensé que sería tan sencillo.

Me reí sin humor.

—Yo tampoco.

—No te hagas la víctima. Siempre supiste que pertenecíais a mundos diferentes.

La frase me habría destrozado meses atrás.

Aquella tarde no consiguió provocarme nada.

—Tiene razón, señora Cole.

—Me alegra que finalmente lo entiendas.

—Su hijo y yo realmente pertenecemos a mundos distintos.

Colgué antes de que pudiera responder.

No le expliqué que estaba devolviendo casi todo aquel dinero.

Me quedaría únicamente con una cantidad equivalente al salario que había dejado de percibir durante los años en que abandoné mis estudios y mi trabajo para cuidar de Adrian.

El resto sería transferido a una fundación para personas con discapacidad visual.

No quería construir mi nueva vida con el precio que alguien había puesto sobre mi dignidad.

La noche anterior a mi partida, Adrian regresó temprano.

Traía flores.

Peonías blancas.

Mis favoritas.

—Mañana no voy a trabajar —anunció.

El corazón me dio un vuelco.

—¿Por qué?

—Quiero pasar el día contigo.

—Tengo algunas cosas que hacer.

—Las hacemos juntos.

Se acercó y me besó la frente.

—Últimamente siento que estás lejos.

Por un segundo tuve miedo.

No de quedarme.

De que descubriera mis planes y encontrara otra forma de atraparme.

—Estás imaginando cosas.

—Quizá.

Me observó durante varios segundos.

—¿Sigues enamorada de mí?

La pregunta me sorprendió.

Hace una semana habría respondido sin pensar.

Aquella noche necesité mentir.

—Claro.

Adrian sonrió, satisfecho.

Entonces su teléfono vibró.

En la pantalla apareció un nombre.

Claire.

Vi cómo lo rechazaba de inmediato.

—Es del trabajo.

—No te he preguntado.

Su mano se quedó quieta.

—Lo sé.

Nos miramos.

Quizá por primera vez Adrian percibió algo diferente en mí.

Pero entonces sonreí.

—Voy a preparar la cena.

Se relajó.

Todavía confiaba en que Elena Hart era incapaz de abandonar a nadie.

Ese era su mayor error.

Había confundido mi lealtad con debilidad.


A la mañana siguiente fingí recibir una llamada de la editorial.

Le dije a Adrian que debía resolver un asunto administrativo.

Él insistió en llevarme.

—No hace falta.

—Tengo tiempo.

—Adrian, puedo conducir sola.

Frunció el ceño.

—¿Te molesta que quiera acompañarte?

Antes habría cedido inmediatamente para evitar una discusión.

Esta vez sostuve su mirada.

—Sí.

El silencio cayó entre nosotros.

—¿Qué?

—Hoy quiero hacer algunas cosas sola.

Algo parecido a la inquietud apareció en su rostro.

—Elena…

Me acerqué, arreglé el cuello de su camisa y besé suavemente su mejilla.

—Volveré.

Fue la última mentira que le dije.

Salí de la casa a las ocho y veinte.

Mi maleta llevaba una hora en el maletero.

A las nueve devolví las llaves del auto que estaba registrado a nombre de Adrian.

A las diez firmé los últimos documentos en el banco.

A las once fui al cementerio.

No tenía padres a quienes despedirme.

Así que me senté bajo el árbol donde, años atrás, había enterrado las cenizas de una mujer llamada Margaret.

Margaret había trabajado en el orfanato donde crecí.

Fue lo más parecido a una madre que conocí.

—Me voy —susurré—. Esta vez elegí salvarme a mí.

El viento movió las hojas.

Por primera vez no lloré.

A las doce y cuarto subí a un taxi rumbo al aeropuerto.

Apagué mi teléfono.

Y mientras Seattle desaparecía detrás de mí, sentí una mezcla extraña de miedo y alivio.

No sabía cómo sería mi vida al día siguiente.

Pero por primera vez en seis años, me pertenecía.


Adrian regresó a casa a las seis de la tarde.

—¿Elena?

No obtuvo respuesta.

Pensó que aún estaba fuera.

A las siete me llamó.

Teléfono apagado.

A las ocho volvió a llamar.

A las nueve comenzó a molestarse.

A las diez revisó las cámaras de seguridad.

Me vio salir por la mañana.

Nunca regresar.

Entonces subió al dormitorio.

Abrió el armario.

La mitad estaba vacía.

No había fotografías sobre la cómoda.

Mis pinceles habían desaparecido.

También los libros que llevaba conmigo desde el orfanato.

Adrian comenzó a respirar con dificultad.

—Elena…

Corrió hacia el cajón donde guardábamos los documentos.

Encontró un sobre.

Dentro estaba mi anillo.

El certificado falso de matrimonio.

Y una nota de una sola línea.

“Adrian, ya no tienes que seguir compensándome.”

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