PARTE 1
—Quiero el divorcio.
Eduardo dejó el tenedor suspendido a medio camino de la boca y me miró como si hubiera hablado en otro idioma.
—¿Qué dijiste?
Abracé con más fuerza a Sofía, nuestra hija de cuatro años.
—Que quiero divorciarme de ti.
Diego, el hijo que Eduardo tuvo con su primera esposa, soltó una sonrisa inmediata.
—¡Pues divórciate, papá! Así Mariana se va y tú puedes volver con mi mamá.
Eduardo lo fulminó con la mirada.
—Come y deja de hablar.
Pero Diego, con trece años y la seguridad de quien jamás había sufrido consecuencias, murmuró:
—Sería mejor. Si se va esa señora mala, mi mamá podría volver a vivir aquí.
“Esa señora mala.”
Cinco años llevaba casada con Eduardo y Diego jamás me había llamado mamá. Tampoco se molestaba mucho en decirme Mariana. Para él yo era “oye”, “esa” o, cuando estaba enojado, “la señora mala”.
Eduardo nunca lo corregía.
Aquella noche todo había empezado por un muslo de pollo.
En la mesa quedaba el último. Diego había dicho que estaba lleno y había dejado de comer. Sofía esperó unos segundos antes de tomarlo.
Alcanzó a darle un mordisco.
Entonces Diego volvió a estirar los palillos que usábamos para servir algunos platillos asiáticos que le gustaban y gritó:
—¡Yo todavía lo quería!
Eduardo levantó la vista de su teléfono.
Ni siquiera preguntó qué había ocurrido.
Abrió WhatsApp y me eliminó del grupo familiar.
Era la vigésima octava vez.
—Tú sabes que Diego adora el pollo —dijo—. Como no es tu hijo biológico, deberías poner todavía más cuidado en no hacerlo sentir desplazado.
Lo miré sin reconocer al hombre con quien me había casado.
—¿Y Sofía?
—Es pequeña. Tiene que aprender a compartir con su hermano.
Sofía se encogió entre mis brazos.
Eduardo suspiró, impaciente.
—Ya no hagas un drama. Haz que Sofía le pida disculpas a Diego. Si estos días se porta bien, te vuelvo a meter al grupo.
Aquello me rompió algo por dentro.
Recordé cuando Diego tenía ocho años y despertaba llorando porque extrañaba a su mamá. Yo me sentaba junto a él hasta que se dormía.
Recordé aquella madrugada en que tuvo casi cuarenta grados de fiebre y Eduardo estaba fuera por trabajo. Laura, su madre, dijo que no podía ir. Yo dejé a Sofía, que apenas era una bebé, con mi vecina y pasé toda la noche en urgencias con Diego.
Y ahora yo era la madrastra injusta.
—Eduardo —pregunté—, ¿alguna vez me has considerado realmente parte de tu familia?
Frunció el ceño.
—¿Otra vez con eso?
—Laura lleva seis años divorciada de ti y nunca salió del grupo familiar. A mí me sacas cada vez que ella, Diego o tus padres se molestan conmigo. Dime una cosa: ¿quién es tu esposa?
Su expresión cambió.
—Laura está ahí porque es la mamá de Diego. Es por comodidad.
Me reí, aunque me ardían los ojos.
—Claro. A ella la comodidad le da un lugar permanente. Yo tengo que ganármelo cada semana.
Sofía se soltó de mis brazos.
Antes de que pudiera detenerla, corrió hacia el bote de basura.
—Papá, no te enojes con mamá. Yo tuve la culpa. Voy a devolverle el pollo a Diego…
Se metió dos dedos en la boca.
—¡Sofía!
Corrí y le sujeté las manos mientras ella lloraba, intentando provocarse el vómito.
—No, mi amor. No tienes que devolver nada. No hiciste nada malo.
Diego soltó una carcajada.
—¿Ves, papá? Está haciendo teatro igual que Mariana.
Esperé que Eduardo reaccionara.
Que viera a su hija de cuatro años temblando.
Que la abrazara.
Que preguntara si estaba bien.
En lugar de eso dijo:
—Eso pasa porque la consientes demasiado. Ya aprendió a manipularnos.
Sentí que el último hilo que me retenía en aquella casa acababa de romperse.
Tomé a Sofía y caminé hacia nuestra habitación.
—Cuando termines de calmarla —gritó Eduardo detrás de mí—, sales a levantar la mesa y ayudas a Diego con su tarea.
Cerré la puerta.
Minutos después escuché las voces del grupo familiar por el altavoz del teléfono de Eduardo.
Diego contaba su versión.
Su abuela decía que yo era una mujer desagradecida.
Su abuelo aseguraba que cada día me comportaba peor.
Y entonces escuché a Laura.
—No sean tan duros con Mariana. Seguramente tendrá sus razones… Pobrecito Diego, eso sí.
La madre de Eduardo contestó:
—Cuando tú estabas aquí, estas cosas no pasaban.
Hubo risas.
Diego dijo:
—Mamá, ¿cuándo vas a volver con papá?
Nadie lo reprendió.
Miré a Sofía.
—Mamá —susurró—, perdón por comerme el pollo.
Sentí ganas de llorar.
—No vuelvas a disculparte por tener hambre.
—¿Nos podemos ir?
—Sí.
—¿A dónde?
Le acaricié el cabello.
—A un lugar donde puedas comerte todos los muslos de pollo que quieras.
Sofía guardó silencio unos segundos.
—¿Papá va a ir?
—¿Quieres que vaya?
Negó con la cabeza y escondió la cara en mi pecho.
—Papá solo quiere a Diego.
Aquella noche tomé mi decisión.
No iba a suplicar por entrar una vez más a una familia que llevaba cinco años demostrándome que nunca había sido la mía.
Y Eduardo todavía no tenía idea de que, por primera vez, cuando me había sacado del grupo… yo no pensaba regresar.