A 3 semanas de casarse, volvió temprano a casa con flores para sorprender a su prometida. Pero antes de entrar en la cocina la vio derramar vino a propósito sobre el suelo que la empleada acababa de limpiar. “Límpialo otra vez”, ordenó ella. Él retrocedió sin hacer ruido y ocultó que lo había visto. Lo que descubrió durante los días siguientes fue mucho peor.

—Lo sé. Pero quiero hacerlo.

Marisol sonrió apenas.

Alejandro también pidió al administrador que aumentara discretamente su salario.

No parecía gran cosa.

Pero Valeria lo notó.

Una noche, mientras cenaban, Alejandro le preguntó a Marisol cómo seguía Mateo, su hermano de 12 años, a quien ayudaba a mantener desde que su madre enfermó.

Valeria dejó lentamente el tenedor.

Cuando Marisol salió de la habitación, preguntó:

—¿Desde cuándo sabes tanto de su vida?

—Desde que empecé a preguntarle.

—Antes nunca lo hacías.

Alejandro tomó agua.

—Tal vez debí hacerlo antes.

Valeria sonrió.

Pero sus ojos no.

A partir de entonces comenzó a cambiar.

Delante de visitas llamaba a Marisol “mi niña” y elogiaba su trabajo.

Cuando nadie importante estaba presente, su voz se endurecía.

El lunes siguiente pidió a Marisol organizar las invitaciones pendientes por ciudad.

Horas después, frente a Alejandro, fingió sorpresa.

—Te pedí que las ordenaras alfabéticamente.

Marisol palideció.

—Señora, usted dijo por ciudad.

Valeria soltó una pequeña risa.

—No inventes cosas, Marisol. Hazlo otra vez.

Alejandro observó.

No dijo nada.

Dos días después, su padre, Ricardo, comentó durante el desayuno:

—Valeria dice que Marisol anda muy distraída. Quizá deberían buscar a alguien más antes de la boda.

Alejandro levantó la mirada.

—¿Marisol?

—Sí. Parece que comete muchos errores.

Aquello no coincidía con lo que él veía.

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